Cuerpos bajo sospecha: una primera lectura a las implicaciones que tiene ESTAR sola en el espacio público
Una aclaración para iniciar
Este escrito es un abordaje somero de una temática estudiada a escala global y con profunda rigurosidad por la antropología, la geografía y los estudios territoriales. Por ello, mi única pretensión en esta primera entrega es presentar algunas puntadas sobre un fenómeno que ha capturado mi atención desde que comencé el proyecto Pausa Situada y que conecta con mi experiencia de habitar el espacio público, siendo una mujer que busca sentirse parte de este. Mis observaciones se centran en los parques urbanos del centro de Pereira y en el parque Guadalupe Zapata de Cuba, una zona cuyas dinámicas urbanas y crecimiento la llevaron a dejar de ser considerada un barrio para convertirse, popularmente, en una ciudadela.
Un sentimiento de incomodidad al estar sola en el espacio público
[Escuchando Ocean Of Love de Jahna Dube] Desde que inicié este proyecto, he querido salir con más frecuencia a los parques principales de Pereira a escribir, grabar videos, descansar o dibujar. Sin embargo, cuando voy sola, me acompaña un persistente sentimiento de incomodidad. No me impide sentarme en las escalinatas o en las bancas, pero está ahí, latente. Conversando con mi amiga Mónica al respecto, coincidimos en esa sensación, aunque varía según el lugar: el parque Olaya, el parque Guadalupe Zapata y el parque El Lago representan menos incomodidad que sentarse sola en la Plaza de Bolívar; no obstante, el estigma mayor se concentra en el Parque La Libertad.
Generalmente, las mujeres transitamos el espacio público acompañadas. Cuando una mujer está sola en un parque, surge de inmediato la sospecha social de que ejerce el trabajo sexual, una percepción que se acentúa según la hora del día. ¿De dónde viene esto? Hace poco hablaba con mis familiares sobre esta pregunta y uno de los hombres presentes respondió rápidamente: "Eso es algo mental. Los obstáculos se los pone uno mismo".
Pienso que es una realidad demasiado compleja como para tomarse a la ligera. ¿Por qué se asume de entrada que una mujer sola en la Plaza de Bolívar o en El Lago está trabajando sexualmente? ¿Tenemos que justificar nuestro derecho al descanso cuidando de otros, cargando bolsas de compras o mirando el reloj con frecuencia para simular que esperamos a alguien? ¿De qué maneras se nos está permitido habitar el parque?
De acuerdo con Marcela Lagarde (2005, p. 19), "los cautiverios se originan en los modos de vida y en las culturas genéricas. Las mismas mujeres están obligadas a reproducir las condiciones y las identidades genéricas en su propio mundo. En cumplimiento de la feminidad, las mujeres actuamos dobles papeles y tenemos dobles posiciones: como sujetos de la opresión y como vigías del cumplimiento del designio patriarcal, femenino y masculino. El mandato funciona tan bien que en la soledad cada mujer es vigilante y censora de sí misma y ha asumido el sentido patriarcal de su vida: no sabe ser de otra manera, no se atreve a serlo".
[Escuchando Wonderwall de Oasis] Sentarse sola implica también aceptar el abordaje constante del vendedor de manillas, el de los postres o de quien simplemente se acerca a mirar qué haces o qué ofreces. Ante esto, la respuesta común es transitar rápido, no detenerse. Si cada una de nosotras quisiera sentarse un rato a descansar tranquilamente, ¿estamos obligadas a estar acompañadas para no ser juzgadas por otros ni por nosotras mismas?
Las mujeres mayores
[Escuchando What's Up de 4 Non Blondes] Al caminar por la calle 20, entre las carreras 5ta y 7ma, a eso de las 5 de la tarde después de salir de mi clase de emprendimiento el pasado 28 de mayo, levanté la mirada para observar los balcones de los edificios. Es algo que hago poco, pues suelo mirar al frente para evitar tropezar con alguien.
Vi a una mujer mayor asomada en el balcón de una casa de dos pisos frente a la clínica Los Nevados. Más adelante, entre las carreras 6ta y 7ma, vi a otra mujer mayor en la terraza de la zona común del edificio Seguros Bolívar, cuya vista abarca la calle 20, la Plaza de Bolívar y la catedral Nuestra Señora de la Pobreza.
En ese momento me pregunté si las mujeres mayores experimentan esa misma inseguridad en el espacio público y si, por ello, prefieren observarlo a la distancia, desde el refugio de la altura en sus casas o unidades residenciales. Aunque este interrogante amerita una investigación con rigor científico, la observación me dejó una reflexión: la accesibilidad al espacio público no se agota en la construcción de rampas o adecuaciones físicas, como solía discutirse en las reuniones de movilidad a las que asistí cuando trabajé en un proyecto sobre la bicicleta. La verdadera accesibilidad es un asunto mucho más profundo.
El pensamiento de Lagarde (2005, p. 571) resulta interesante para abordar estas dinámicas. La autora plantea que las "mujeres buenas, las madresposas, habitan un mundo cautivo que mira hacia adentro: el matrimonio monógamo forma parte de su entorno cerrado en el otro, en la casa, en la familia y en lo privado. En contraste, la prostitución —o trabajo sexual— representa el erotismo en el mundo público, que históricamente ha sido el mundo abierto de los hombres”.
Al no ser un terreno construido históricamente para nosotras, el espacio público se siente extraño e inseguro si se recorre en soledad. Si el mandato cultural para la madresposa (Lagarde, 2005) es mirar hacia adentro y observar desde una zona de seguridad, la mujer que rompe esa regla y se sitúa sola en la plaza es leída bajo un código generalizado que se le asignó a lo femenino en lo público.
¿El espacio público es para todos?
[Escuchando Don't Speak de No Doubt] Se repite con frecuencia que el espacio público es para todos, pero ¿qué ocurre cuando no se piensa en colectivo sino en la experiencia individual de una mujer? ¿Es el espacio público adecuado para ella, para cada una de nosotras?
En la Plaza de Bolívar predomina la presencia masculina en torno a los juegos de ajedrez. En el parque El Lago, son los hombres quienes generalmente ocupan en solitario las bancas lineales en concreto. ¿Y las mujeres? En ambos lugares las mujeres que habitan solas el espacio, casi siempre están trabajando: venden tinto, leche, aromáticas y coladas en carritos donde transportan sus termos y productos de panadería; otras predican, otras trabajan como lustrabotas y algunas ejercen el trabajo sexual.
Parece existir una constante: mientras los hombres se sientan solos a observar y descansar, las mujeres que permanecen solas lo hacen porque su sustento depende de ello. Por supuesto, las dinámicas varían según el lugar. En el Parque Olaya, por ejemplo, es común ver a mujeres trotando por la mañana, lo que demuestra que la apropiación del espacio público depende de dinámicas multidimensionales distintas.
¿Libertades en el espacio público?
[Escuchando Fast Car de Tracy Chapman] Al hablar de libertades es inevitable pensar en el Parque La Libertad. ¿Existe realmente libertad allí? Cuando le pregunto a mis amigas si esperarían a alguien sentadas en bancas lineales de concreto en este parque, la respuesta es unánime: "¡Nooo, qué tal!".
Hace unos días fui a registrar algunas tomas para un video en este parque y solo pude enfocar el "Monumento al Estudiante" de la maestra Lucy Tejada. Fue imposible realizar una panorámica. Coexisten tantas realidades simultáneas en ese lugar que es difícil hacer un paneo de 360 grados sin sentir la mirada inquisidora del CAI de la policía, de las trabajadoras sexuales o de las dinámicas del microtráfico. Entre los árboles siempre hay ojos atentos.
Libertad fue lo que menos sentí allí; de hecho, decidí ir acompañada para poder sentarme un momento a observar. El espacio se transforma según las tensiones que lo atraviesan. Existen personas que habitan la ciudad y jamás se han sentado en los parques del centro. Conversaba sobre esto con las amigas de mi hermano —mujeres entre los 30 y 45 años— y me confesaron que nunca se han detenido en la Plaza de Bolívar. Al mencionarles el Parque La Libertad, su reacción fue idéntica: "¡Ay Marce, qué tal!" (eso significa nunca se detendrían allí).
Los centros comerciales vs. el espacio público
La incomodidad de estar solas en el espacio público, me hace pensar en mi abuela y en tantas otras mujeres que han optado por trasladar sus encuentros a los centros comerciales. ¿Por qué estos complejos privados se han posicionado como los refugios seguros para las mujeres de todas las edades?
Es verdad que ofrecen una sensación de resguardo, pero es una seguridad condicionada por el consumo. No todos pueden ingresar ni permanecer en ellos de la misma manera. ¿Qué alternativas le quedan a una persona mayor allí? ¿Ver vitrinas, entrar a un casino, comer o tomar algo? En los centros comerciales veo mujeres mayores sentadas solas en los casinos o comprando víveres en los supermercados. Ante este panorama, cabe preguntarse: ¿qué otras opciones de ocio digno tienen? ¿El confinamiento en los clubes del adulto mayor, mirar por el balcón, sentarse en el portón de la casa o visitar la calle solo si van acompañadas?
¿Sólo ocurre con las mujeres?
Al Parque Guadalupe Zapata llegan mujeres a bailar los fines de semana. Podría decirse que este es un parque de libertades para las mujeres. Yo me he sentido cómoda sola o acompañada allí. Hay una actividad que se realiza los domingos y lunes festivos y es ir al parque a bailar. Las mujeres llegan solas o acompañadas a disfrutar del baile con los hombres que comparten el mismo gusto. Se siente la alegría del encuentro al aire libre.
No obstante, un domingo reciente presencié una escena incómoda: un habitante de calle bailaba en medio de la aglomeración; sus movimientos erráticos sugerían que estaba ebrio y llevaba una botella con un líquido transparente en la mano. De inmediato, los músicos que animaban el baile solicitaron por micrófono la intervención de la policía para retirarlo del lugar.
La situación me conmovió profundamente porque ocurrió una exclusión inmediata: el habitante de calle fue catalogado como un sujeto indeseable para la fiesta. ¿Hay también exclusión entre los mismos hombres en el espacio público? Para comprender esta paradoja, resulta iluminador lo que plantea Lagarde (2005, p. 37): "en cada universo sociocultural hay sujetos libres porque son dominantes en ese ámbito, aunque socialmente estén sometidos a otros más libres que ellos". Quienes disfrutan del baile pueden estar sometidos a otras exclusiones urbanas, pero en ese lugar, ejercieron su posición dominante expulsando a quien consideraron inferior.
¿Qué es lo sospechoso en el espacio público?
Que una mujer esté sola leyendo un libro en la plaza de Bolivar o en el parque El Lago o en el Parque La Libertad es visto como algo raro; escribir o dibujar lo es aún más: es sospechoso. Asimismo, tomar fotografías que no sean selfies enciende las alarmas del entorno. Me he sentido observada con sospecha mientras dibujo, escribo o leo en una banca, siempre alerta a que un policía se acerque a cuestionar mi acción.
[Escuchando Creep de Radiohead] Esta prevención no es gratuita. Recuerdo que hace unos años, mientras realizaba un diagnóstico sobre el uso de la bicicleta para el Área Metropolitana Centro Occidente, me detuve en el puente sobre el río Consota que conecta la Avenida Sur con el acceso a Cuba. Es una vía contigua al barrio Brisas del Consota y frente a la Estación de Megabús San Fernando. Me detuve a registrar fotográficamente la falta de adecuaciones viales para los ciclistas.
De un momento a otro, un policía me abordó y me exigió la entrega de la cámara. Revisó las imágenes mientras yo intentaba explicarle que se trataba de un proyecto institucional y que podía verificarlo con mis jefes si se ponía en contacto con ellos. Finalmente, me ordenó borrar la toma en la que él aparecía al fondo. Yo ni siquiera me había percatado de su presencia; estaba desprevenida, investigando en una vía pública, sin saber que un ojo institucional me vigilaba desde la sombra.
Algunas preguntas y reflexiones finales...
Por lo pronto, cierro esta primera entrega con más interrogantes que certezas:
¿Está pensado el espacio público para el colectivo-mujer y no para el individuo-mujer?
Si en un mismo parque conviven de forma natural la policía, la iglesia, el trabajo sexual y, en algunos casos el microtráfico, ¿por qué resulta sospechosa e incómoda una mujer que lee, escribe o dibuja sola en una banca?
Las dinámicas de poder no son homogéneas. En el territorio masculino que parece dominar la calle también existen jerarquías implícitas: las reglas de juego y las libertades cambian drásticamente cuando el cuerpo que habita el parque es el de un habitante de calle.
Finalmente, ¿es suficiente con ejecutar adecuaciones de infraestructura física para garantizar que el espacio público sea verdaderamente accesible y habitable para todos?
Bibliografía
El Tiempo (2019). A propósito de la palabra puta, qué responden las trabajadoras sexuales. En: https://www.youtube.com/live/Pk2UFPfZcSI?si=JJvxGvD4P2A8LDUm
Lister, K. (2017). ¿Trabajadoras sexuales o prostitutas? Por qué las palabras importan. En: https://elestantedelaciti.wordpress.com/2017/10/06/trabajadoras-sexuales-o-prostitutas-por-que-las-palabras-importan/
Lagarde y de los Ríos, Marcela. (2005). Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas. Universidad Nacional Autónoma de México. Enlace: https://desarmandolacultura.wordpress.com/wp-content/uploads/2018/04/lagarde-marcela-los-cautiverios-de-las-mujeres-scan.pdf
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