Una causa que despierta sensibilidades
En mi propia experiencia he llegado a considerar la relevancia de la teoría y de la acción que nos impulsa a crear nuevas posibilidades para vivir mejor, en armonía con otras personas, con nuestros animales de compañía y por supuesto, con nuestros vecinos silvestres: la fauna que no viven en nuestras casas sino en nuestros entornos inmediatos.
Ayer empecé este escrito desde la preocupación, pero también desde la profunda convicción de que trabajando juntos podemos proteger la vida de la zarigueya, o La Zari, como le decimos algunos con cariño. Durante años guardé el deseo profundo de aportar a la conservación de este animal. Sin embargo, muchas veces escuché el comentario de que mi carrera no me llevaría a la conservación directa —como se supone que lo hacen la biología o la ecología—, sino que me daría las bases para realizar gestión ambiental a partir de la comprensión de la relación entre cultura y naturaleza, lo cual requiere una participación activa de la ciudadanía.
Durante mi paso por la UTP, mi línea de profundización en Administración Ambiental no fue la de biodiversidad sino el desarrollo territorial, cuyo enfoque en el programa es la región principalmente. A partir de ello, estructuré junto con mi colega Jhon Alexander Villegas y nuestro director de tesis Samuel Guzmán, una propuesta de corredor ambiental para conectar las cuencas de los ríos Otún y Consota en Pereira. En ese entonces, concentrarme en un solo animal no estaba en mi radar. Con el tiempo, tras cruzarme con una que otra zarigüeya en varias oportunidades, entendí que mi formación cobraba un sentido real al ponerla al servicio de una causa a la que cada vez se suman más personas de manera incansable, pero que a veces pareciera dar pocos frutos por la cantidad de zarigueyas que siguen en la mira de cazadores o personas que repudian su presencia.
No obstante, recientemente la cotidianidad nos puso de frente con una realidad hermosa y, a la vez, retadora. En el antejardín de la casa de mis padres, colindante con un pequeño bosque urbano aquí en Pereira, una mamá zarigüeya eligió un pequeño hueco como refugio temporal para proteger a sus crías. La presencia de "La Zari" en el barrio generó diversas reacciones; desde la curiosidad hasta la inquietud de quienes, por temor, ven con recelo su cercanía. Este escrito no busca juzgar esos temores, sino abrir un espacio de conversación constructiva. Es una invitación a informarnos y a sumar esfuerzos para convertir a nuestro barrio en un espacio seguro donde la fauna silvestre sea reconocida como una parte vital.
Encuentros con La Zari en Pereira y Manizales
Mi primer acercamiento con una zarigueya ocurrió hace años, mientras caminaba por la vía Juan B. Gutiérrez hacia la Universidad Tecnológica de Pereira. Vi un animalito en el suelo que parecía sin vida. Al detallarlo, su actuación fue tan perfecta que casi me convence. La literatura científica explica que si se sienten en peligro entran en un estado de inmovilidad involuntaria llamado tanatosis (Flórez-Oliveros y Vivas-Serna, 2020). Aunque parecen inertes, los animales monitorean continuamente su entorno (Rogers y Simpson, 2014); en cuanto perciben que la amenaza se retira, el estímulo de supervivencia las reactiva. Así lo viví: seguí mi camino y, al voltear unos metros más adelante, este marsupial ya se había levantado para continuar su rumbo.
El segundo encuentro con La Zari fue en 2016, en Manizales, en la calle peatonal que comunica la sede central de la Universidad de Caldas con la Facultad de Ciencias Agropecuarias. Mientras conversaba con mis compañeros sobre los avances de nuestras tesis, levanté la mirada y vi a una zarigüeya cruzando con una destreza y un equilibrio sorprendentes sobre un cable de energía. Aquella imagen me demostró su increíble capacidad de adaptación a nuestras estructuras urbanas.
Luego, empecé a ver una que otra zarigueya de forma continua desde hace tres o cuatro años en la unidad residencial Coodelmar 2 de Pereira. Solían caminar por el parqueadero de las casas, muy cerca de un bosque urbano por donde se canalizó la quebrada Punta de Piedra, recordada por los vecinos de la zona desde los tiempos en que fluía superficialmente con libertad.
Más allá de las apariencias: comprendiendo a La Zari
Muchas veces, el rechazo que sufren ciertos animales se debe a mitos arraigados o a su apariencia. En muchas ocasiones preferimos lo bello y descartamos o rechazamos aquello que visual u olfativamente nos desagrada. Carlos Uribe expresó en una nota informativa de la Corporación Autónoma Regional en los medios: “Las zarigüeyas, aunque son tan feítas, nos traen muchos beneficios. Pueden soportar hasta siete mordeduras de una serpiente venenosa y son sus principales depredadoras. También comen garrapatas todo el día” (La Patria, 2026).
Su estigmatización también se debe a que se asemejan a los roedores. En Colombia convivimos con ejemplares grandes como la chucha común -Didelphis marsupialis-, pero también con especies medianas y pequeñas como las zarigüeyas ratón del género Marmosa (Flórez-Oliveros & Vivas-Serna, 2020). Cuando alguien observa una cría que recién se independiza o una especie pequeña, tiende a asociarla automáticamente con un roedor, detonando respuestas erróneas de asco o agresión.
Por otra parte, ante un peligro extremo, el sistema nervioso de la zarigüeya experimenta un choque que la hace desplomarse rígida. Esta inmovilidad extrema, lejos de ser un acto de rabia, enfermedad o desafío, es un reflejo de vulnerabilidad absoluta. Si alguna vez encuentras a una zarigüeya que no se mueve, recuerda que lo más probable es que esté practicando su brillante estrategia de hacerse la muerta para que la dejes en paz. Si no está herida, no la manipules ni le hagas daño, dale su espacio y ella sola se marchará, a menos que haya quedado inmóvil en medio de la carretera. Al final comparto algunas ideas por si esto sucede, estás cerca y puedes ayudar a evitar que el animal sea agredido.
Biología y movimiento
La zarigueya es un animal plantígrado (apoya toda la planta de la pata, como los humanos); su andar en el suelo es pausado, pesado y rítmico, alcanzando una velocidad muy baja ya que su cuerpo no está diseñado para las carreras ni tampoco para el salto libre. Se desplazan por ramas y cables con una lentitud pero con una seguridad absoluta. Esto lo logran gracias a sus pulgares oponibles en las patas traseras para abrazar las superficies y a una cola prensil que funciona como una quinta extremidad (Flórez-Oliveros & Vivas-Serna, 2020). Además, al ser marsupiales, las hembras llevan a sus crías en una bolsa frontal (marsupio) y luego las cargan en su lomo, un tierno cuidado maternal.
La zarigüeya puede mantener una marcha constante durante sus horas de actividad nocturna. Además, al usar cables y copas de árboles, traza líneas rectas en las alturas que le permiten optimizar su viaje. Las zarigüeyas adultas son animales marcadamente solitarios, excepto en época de apareamiento (Flórez-Oliveros & Vivas-Serna, 2020). El único momento en que veremos a estos animales interactuar en grupo es, en realidad, un hermoso testimonio del cuidado maternal: una madre dedicada transportando a su camada sobre el lomo mientras recorre las distancias nocturnas de la ciudad.
Estos marsupiales son omnívoros y se mueven constantemente buscando alimento. Su dieta es sumamente amplia: consumen desde frutas, maíz, hierbas y verduras, hasta una gran variedad de insectos (como cucarachas, escarabajos, hormigas y grillos), además de caracoles, babosas, ranas, serpientes y pequeños roedores. Al no desperdiciar nada, también aprovechan los desechos orgánicos y la carroña en las carreteras. Desafortunadamente, este último hábito las expone a un gran peligro; al acercarse a las vías para alimentarse de animales accidentados, suelen ser víctimas de atropellamiento, ya que quedan paralizados por las luces de los vehículos (Yery, 2026).
Debido a su consumo de frutas, son dispersoras de semillas en el territorio. Un ejemplo de esto lo vivimos en la casa de mis padres: al revisar el entorno de su refugio, observamos lo que parecen ser semillas de guayaba en sus heces, a pesar de que en nuestro sector inmediato, aún no hemos identificado árboles de este fruto, lo cual podría indicar la presencia de este alimento por fuera del perímetro de la unidad residencial. Podríamos decir que contribuye de forma silenciosa a la reforestación de nuestra microcuenca urbana.
Temores y Retos
Muchas veces en los barrios, las personas le temen a La Zari porque la asocian con enfermedades o suciedad, así que las maltratan, pero ellas son indefensas si se les respeta su hábitat. No buscan el conflicto ni tienen las herramientas para hacernos daño. Respetar su derecho a estar aquí, mantener una distancia prudente y no molestarlas es todo lo que necesitan para seguir cumpliendo su labor silenciosa de limpiar nuestros entornos. Asimismo, lejos de la creencia popular que las asocia con la falta de higiene, las zarigüeyas son animales que se acicalan de manera constante.
En las vías nacionales, departamentales y locales, poco les respetan la vida. De acuerdo con los datos de la Red Colombiana de Seguimiento de Fauna Atropellada y el Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt (2017), la zarigüeya común encabeza de forma alarmante la lista de mamíferos con mayores registros de atropellamiento en el país, debido a sus desplazamientos lentos y a su respuesta de quedarse inmóvil ante las luces de los vehículos.
El riesgo inminente de que puedan hacerle daño a la mamá zarigueya que vive en el antejardín de la residencia de mis padres, me motivó a diseñar e imprimir un volante con información clara para entregar varias copias puerta a puerta alrededor. No sé si este gesto logre disuadir por completo las intenciones de hacerle daño a La Zari, pero confío en que sí, porque se hace necesario transformar la manera como nos relacionamos con las vecinas silvestres que comparten nuestro territorio.
A modo de sugerencia
Si alguna vez te encuentras con una zarigüeya herida o en situación de peligro en la vía, el protocolo adecuado es mantener la calma, encender las luces de parqueo de tu vehículo para alertar a otros y evaluar la situación a distancia prudente. Si es estrictamente necesario moverla por su seguridad, usa guantes gruesos y cúbrela suavemente con una manta para disminuir su estrés; colócala en una caja de cartón ventilada y reporta el caso de inmediato a las líneas de la CARDER o la autoridad ambiental que corresponda donde te encuentres o la Policía Ambiental.
Si te encuentras viajando en transporte público, la mejor alternativa es registrar el punto exacto mediante las coordenadas GPS de tu celular para realizar el reporte telefónico efectivo mientras continúas tu viaje. En caso de que puedas bajarte del transporte, si no tienes guantes gruesos puedes protegerla poniendo junto a ella tu mochila y objetos que alerten a quienes van en sus vehículos para que disminuyan la velocidad y no la atropellen. Además, puedes comunicarte rápidamente con las autoridades ambientales para reportar su ubicación hasta que lleguen por ella.
Las especies de fauna silvestre también hacen parte de nuestras ciudades en los espacios urbano, rururbano y rural. La próxima vez que te encuentres con una zarigüeya, te invito a observarla no desde el temor, sino desde la perspectiva de que estás ante un ser sintiente protegido por la Ley 1774 de 2016.
Nuestra Zari es es un ser pacífico; jardinera nocturna que permite regenerar los bosques con especies de árboles frutales. Si deseas aprender más sobre ella, te invito de manera especial a consultar el libro Zarigüeyas, marmosas y colicortos en Colombia de Flórez-Oliveros y Vivas-Serna (2020).
Redes de apoyo
La Ley 1774 de 2016 y la Ley 2111 de 2021, amparan la protección de la fauna nativa y penalizan severamente las acciones que atenten contra su integridad. Sin embargo, el verdadero cumplimiento de la norma no nace del castigo, sino de la empatía ciudadana. Afortunadamente, nuestra ciudad cuenta con valiosas iniciativas comunitarias e institucionales para articular el cuidado de la fauna silvestre, a las cuales podemos acudir en caso de encontrar uno o varios individuos heridos o en riesgo:
- El Refugio Urbano de Fauna y Flora del barrio El Poblado: Una notable iniciativa comunitaria donde los vecinos transformaron terrenos baldíos en un espacio para el cuidado de la vida, lo cual incluye a las zarigueyas (Instagram: @refugiourbanofaunaflora).
- Hogar de Paso CARDER - APAP: Una labor conjunta con la Asociación Protectora de Animales de Pereira para la valoración de fauna, ubicado en la Carrera 12A No. 10-41 (recuerda que en aplicaciones de mapas puede figurar como 10-51).
- Bioparque Ukumarí: Centro oficial de protección y santuario principal para la rehabilitación de fauna silvestre en Risaralda.
- Canales de Emergencia: La CARDER cuenta con la línea de atención para fauna silvestre (321 840 2958) y su línea de información ambiental (606 311 6511 Ext. 0102), además del apoyo de la Policía Ambiental a través del 123.
Bibliografía de consulta:
Flórez-Oliveros, F. J., & Vivas-Serna, C. (2020). Zarigüeyas (chuchas comunes), marmosas y colicortos en Colombia. Fundación Zarigüeya – FUNDZAR. Enlace al libro
Red Colombiana de Seguimiento de Fauna Atropellada e Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt (2017). Los animales atropellados de Colombia en 2017. Reporte de la Red Colombiana de Seguimiento de Fauna Atropellada -RECOSFA-. Enlace: https://reporte.humboldt.org.co/biodiversidad/2017/cap2/206/#seccion3
La Patria. (2026). La advertencia de la Carder sobre viviendas en zonas donde nace el agua...
Rogers, S., & Simpson, S. (2014). Thanatosis. Current Biology.
Yery, E. (2026). La zarigüeya: nuestro maravilloso marsupial, el solitario social.. Enlace: https://www.wildliferescueleague.org/animals/the-opossum-our-marvelous-marsupial-the-social-loner/
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